-¿Le gusta el baloncesto, joven?
La voz temblona y estridente que se dirigía hacia él con acento germánico hizo que Kupradze se diera la vuelta. A su espalda, un anciano se apoyaba encorvado sobre un bastón y lo miraba con unos ojos azules diminutos, cubiertos por unas cejas níveas abundantemente pobladas. Sus grandes orejas y su mentón plano, junto con la rígida delgadez de su boca, conformaban en aquel hombre una expresión adusta que no acababa de corresponder bien con la fragilidad de su cuerpo. Cualquiera podría decir que el anciano tendría por lo menos cien años. La ropa que vestía, una chaqueta de tweed y una camisa sobre cuyo cuello colgaba una fina corbata negra, le daban al ancianito un aire de elegancia pasada de época.
-No, no me entusiasma, prefiero otras ocupaciones -contestó Kupradze, de la forma más amable que pudo expresar. Lo cierto es que no estaba demasiado acostumbrado a hablar abiertamente con gente desconocida. Pero a pesar de su reticencia, en los tres años que llevaba viviendo en Nueva York, había acabado aceptando el hecho de que allí las personas tenían un concepto de la familiaridad diferente al suyo, que en numerosas ocasiones los llevaba a entablar conversaciones sin un motivo previo, de modo completamente espontáneo. El anciano, cuyo acento inglés era casi tan marcadamente extranjero como el de Kupradze, señaló con un dedo largo y fino hacia la cancha.
-Sí, a mí tampoco me gustaba -respondió-. Allá por el año treinta y seis, en la Olimpiada de Berlín, la final de baloncesto fue un completo desastre. A pesar de que estaba lloviendo a cántaros, decidimos que el partido se celebrara en un campo exterior. Sí, eso fue lo que pasó. Lo recuerdo bien. El mismo führer me ordenó expresamente que se dispusiera de ese modo, porque deseaba ver a los americanos y a los canadienses revolcándose en el fango como animales de granja. Y así se hizo. Resultó un partido aburridísimo, un auténtico lodazal donde los jugadores no podían ni siquiera correr. Mire, cuando finalizó el encuentro, no creo que entre los dos equipos sumaran más de treinta puntos.
El viejo iba emocionándose y ganando ritmo con cada frase que pronunciaba. Pestañeando sin descanso, hablaba con su voz trémula y desgradable como si lo que dijese tuviera alguna importancia para Kupradze, que por su parte ya había catalogado al viejo como ‘atrofia senil’ desde el mismo momento en que había escuchado la palabra führer. Su sensación de fastidio por aquel encuentro matinal iba aumentando a medida que comprobaba que su interlocutor no tenía ninguna intención de detener su discurso.
-¿Sabe usted? -prosiguió el hombre, disminuyendo el volumen de su voz hasta convertirlo en apenas un susurro-. Los espectadores, miles de personas, estaban ahí empapándose bajo la lluvia, haciendo lo que podían por cubrirse con sus sombreros y sus paraguas. Esa escena, no sé por qué, no se me ha ido de la cabeza. Filas y filas de curiosos alrededor de un campo de barro, todos con sus gabardinas negras, mientras los jugadores resbalaban e intentaban conseguir que el balón diera dos o tres botes sin quedarse pegado al barro.
Tras decir esto, el anciano reposó ambas manos sobre su bastón y comenzó a agitar los dedos como si estuviese llevando alguna cuenta mentalmente, al tiempo que movía la boca sin emitir ningún sonido. Por su extraña expresión, parecía estar reprochándose algo a sí mismo que nadie aparte de él hubiera podido intuir. A los pocos segundos, tomó aire enérgicamente con la intención de continuar su charla, pero antes de poder comenzar a hablar, se vio interrumpido.
-¿Pero quién ganó la final? -Atajó Kupradze, buscando llegar cuanto antes al fin de la conversación.
(…)