- NicoRelatos -

Shamus Molloy

Agosto 18, 2008 · Dejar un comentario

El mes de enero fue peor. Hablaba obsesivamente sobre el plutonio, citando su conexión con el submundo, explicando que de hecho había tomado su nombre de Plutón, el dios de los muertos, y que su planeta homónimo quedaba fuera de las antiguas cartas astrológicas porque, según sus especulaciones, estaba destinado a permanecer desconocido, cual conocimiento prohibido o límite peligroso. No se le escapaba que el sistema político estadounidense, a pesar de su fachada democrática, era claramente una plutocracia, un gobierno a través de la riqueza, ya fuera de individuos ricos o de monopolios corporativos. Repetía de continuo que los signos indicaban de modo abrumadoramente claro que la conciencia humana estaba precipitándose hacia un apocalipsis plutónico, o reino de sombras. La única esperanza de detenerlo era un salto de sabiduría, y la sabiduría requería tiempo. Secuestraría la muerte y el rescate que pediría por ella sería tiempo.

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Ahab

Noviembre 5, 2006 · Dejar un comentario

-¡Venganza contra una bestia sin uso de palabra! -exclamó Starbuck-. ¡Una bestia que te atacó siguiendo el más ciego de los instintos! ¡Locura! ¡Enfurecerse contra un ser sin uso de palabra parece una impiedad, capitán Ahab!

-Óyeme una vez más, te daré la explicación más profunda. Todos los objetos visibles, amigo, no son sino máscaras de cartón. Pero en cada acontecimiento, en el acto vivo, en la acción resuelta, algo desconocido pero siempre razonable proyecta sus rasgos tras la máscara que no razona. ¡Y si el hombre quiere golpear, ha de golpear sobre la máscara! ¿Cómo puede salir el prisionero, si no atraviesa el muro? Para mí, la ballena blanca es ese muro que me aprisiona. A veces pienso que no hay nada más allá de él. Pero es bastante para mí. Me obsesiona, me desborda: veo en la ballena una fuerza atroz poseída por una perversidad inescrutable. Ese algo inescrutable es lo que odio por encima de todo: sea la ballena el mero agente, sea la ballena blanca el amo ordenador, contra ella descargaré mi odio. No me hables de impiedad, amigo; abofetearía al sol, si me insultara. Porque si el sol pudiera hacerlo, yo podría hacer otro tanto, puesto que en esto siempre hay una especie de juego limpio que reina celosamente en toda la creación. Pero ni siquiera este juego limpio es para mí un amo que me esclavice. ¿Quién está por encima de mí? La verdad no tiene confines. ¡Aparta de mí esos ojos! ¡Más intolerables que una mirada demoníaca es un par de ojos estúpidos! Vaya, vaya… enrojeces y palideces. Mi ardor te ha encendido de cólera. Pero has de saber, Starbuck, que lo que se dice en eardor se desdice por sí solo. Hay hombres cuyas palabras inflamadas no ofenden demasiado. No he querido enfurecerte. Olvida lo que he dicho…

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El Doble

Octubre 28, 2006 · Dejar un comentario

Sugerido o estimulado por los espejos, las aguas y los hermanos gemelos, el concepto de Doble es común a muchas naciones. Es verosimil suponer que sentencias como “Un amigo es un otro yo”, de Pitágoras, o el “Conócete a ti mismo” platónico se inspiraran en él. En Alemania lo llamaron el Doppelgänger, en Escocia el Fetch, porque viene a buscar a los hombres para llevarlos a la muerte. Encontrarse consigo mismo es, por consiguiente, ominoso; la trágica balada de Ticonderoga, de Robert Louis Stevenson, refiere una leyenda sobre este tema. Recordemos también el extraño cuadro How they met themselves, de Rossetti; dos amantes se encuentran consigo mismos, en el crepúsculo de un bosque. Cabría citar dos ejemplos análogos de Hawthorne, de Dostoievsky y de Alfred de Musset.

Para los judíos, en cambio, la aparición del doble no era presagio de una próxima muerte. Era la certidumbre de haber logrado el estado profético. Así lo explica Gershom Scholem. una tradición recogida por el Talmud narra el caso de un hombre en busca de Dios, que se encontró consigo mismo.

En el relato William Wilson, de Poe, el Doble es la conciencia del héroe. Éste lo mata y muere. En la poesía de Yeats, el Doble es nuestro anverso, nuestro contrario, el que nos complementa, el que no somos ni seremos.

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Sospecha

Octubre 25, 2006 · Dejar un comentario

-Escúchame, Herman, no lo comprendes. Te estoy diciendo que alguien me ha estado siguiendo hasta mi casa. ¡Hasta la misma puerta de mi casa! -el tono de su voz se iba tensando a medida que notaba las reticencias de su amigo-. Mira, si no se tratara de algo auténticamente importante, no te estaría molestando a estas horas. Simplemente, no sé lo que hacer. Además, para colmo, llevan toda la tarde llamando a mi teléfono, pero cuando lo levanto para responder, cuelgan sin decir nada. ¿No te parece extraño? ¿Crees que debería llamar a la policía ya? ¡Creo que tampoco sería tanto pedir que te acercaras hasta el portal de mi casa para ver si hay alguien!

Al otro lado del cable, Herman sopesaba con indulgencia las palabras de un Kupradze cuya irritación se iba aproximando velozmente al enfado. Él entendía la preocupación que sentía su amigo, y pensó brevemente en alguna forma de poder ayudarlo. Pero no es menos cierto que la escala de prioridades de un jugador de ajedrez amateur no coincide habitualmente con la del común de los mortales, sino que obedece a reflexiones e intereses mucho más profundos y meditados. Cuando Kupradze volvió a pedirle su opinión acerca de aquel supuesto perseguidor, Herman se vio obligado a desvelar parcialmente su verdadera estrategia que, por lo que parecía, se encontraba ya cercana al juego medio.

-Mira, Filipp, te seré sincero. ¿Recuerdas a Kelsey, la chica tan amable que conocimos en el Quantum Leap? Pues, verás, creo que hemos congeniado. Cuando tú te marchaste al Instituto después del almuerzo, nosotros dos continuamos la conversación durante varias horas más. Y, ¿sabes qué? ¡Le encanta el ajedrez! Bueno, y eso por no hablar del hermoso par de tetas que tiene, claro. Tú ya me entiendes. En realidad, ahora mismo ella está aquí, esperándome en la otra habitación. Oh, Fillip, vamos… En serio, creo que tengo posibilidades con ella. Y parece bastante liberada, incluso creo que a veces separa las piernas a propósito para dejarme ver sus bragas… ¿De verdad quieres que salga corriendo hasta tu casa para ver si te está persiguiendo el puto KGB? Colega, aquello ya terminó hace años, ¿en qué coño estáis pensando todavía los malditos rusos?

Kupradze estaba a punto de responder “yo no soy ruso, cojones”, cuando la línea telefónica se cortó de pronto.

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Quantum Leap

Octubre 23, 2006 · Dejar un comentario

Y cuando se le metía una idea en la cabeza, sentía la compulsiva necesidad de hacer que todo el mundo le diera la razón, a ser posible acompañada con ciertas muestras de agradecimiento. A Herman le había dado aquella mañana por ensalzar desaforadamente lo que él consideraba como las mil y una ventajas de la defensa Caro Kann. Kupradze se contentó con escuchar la tesis de su amigo, asintiendo en algunos puntos especialmente acertados de la exposición. En ocasiones trataba de añadir algo a la charla, aunque sus conocimientos sobre ajedrez se encontraban muy por debajo de los que Herman manejaba, y que lucía sin contemplaciones con tanta soltura como erudición. Algo más tarde, mientras Herman ilustraba su tesis disertando sobre el enfrentamiento entre Petrosian y Spassky en el Campeonato del Mundial del 66, Kupradze sintió la repentina necesidad de comer algo. Después de sopesar varias opciones, ambos resolvieron almorzar unas hamburguesas vegetarianas en el Quantum Leap. Para ello, tuvieron que modificar ligeramente su camino habitual y se desviaron en la segunda esquina, caminando por Thompson St. Bajo un toldo a rayas de colores, se encontraba la puerta de cristal que daba entrada al restaurante. Cuando hubieron entrado, se dieron de bruces con un hecho poco frecuente en aquel lugar casi siempre solitario. Un numeroso grupo de estudiantes femeninas, vestidas todas ellas con trajes de Santa Claus rabiosamente rojos, celebraba algún tipo de reunión de sociedad en la zona central del comedor. Habían organizado su banquete juntando seis mesas longitudinalmente, de manera que todas las comensales quedaban enfrentadas cara a cara.

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Junto a W 4th St Courts

Octubre 21, 2006 · Dejar un comentario

-¿Le gusta el baloncesto, joven?

La voz temblona y estridente que se dirigía hacia él con acento germánico hizo que Kupradze se diera la vuelta. A su espalda, un anciano se apoyaba encorvado sobre un bastón y lo miraba con unos ojos azules diminutos, cubiertos por unas cejas níveas abundantemente pobladas. Sus grandes orejas y su mentón plano, junto con la rígida delgadez de su boca, conformaban en aquel hombre una expresión adusta que no acababa de corresponder bien con la fragilidad de su cuerpo. Cualquiera podría decir que el anciano tendría por lo menos cien años. La ropa que vestía, una chaqueta de tweed y una camisa sobre cuyo cuello colgaba una fina corbata negra, le daban al ancianito un aire de elegancia pasada de época.

-No, no me entusiasma, prefiero otras ocupaciones -contestó Kupradze, de la forma más amable que pudo expresar. Lo cierto es que no estaba demasiado acostumbrado a hablar abiertamente con gente desconocida. Pero a pesar de su reticencia, en los tres años que llevaba viviendo en Nueva York, había acabado aceptando el hecho de que allí las personas tenían un concepto de la familiaridad diferente al suyo, que en numerosas ocasiones los llevaba a entablar conversaciones sin un motivo previo, de modo completamente espontáneo. El anciano, cuyo acento inglés era casi tan marcadamente extranjero como el de Kupradze, señaló con un dedo largo y fino hacia la cancha.

-Sí, a mí tampoco me gustaba -respondió-. Allá por el año treinta y seis, en la Olimpiada de Berlín, la final de baloncesto fue un completo desastre. A pesar de que estaba lloviendo a cántaros, decidimos que el partido se celebrara en un campo exterior. Sí, eso fue lo que pasó. Lo recuerdo bien. El mismo führer me ordenó expresamente que se dispusiera de ese modo, porque deseaba ver a los americanos y a los canadienses revolcándose en el fango como animales de granja. Y así se hizo. Resultó un partido aburridísimo, un auténtico lodazal donde los jugadores no podían ni siquiera correr. Mire, cuando finalizó el encuentro, no creo que entre los dos equipos sumaran más de treinta puntos.

El viejo iba emocionándose y ganando ritmo con cada frase que pronunciaba. Pestañeando sin descanso, hablaba con su voz trémula y desgradable como si lo que dijese tuviera alguna importancia para Kupradze, que por su parte ya había catalogado al viejo como ‘atrofia senil’ desde el mismo momento en que había escuchado la palabra führer. Su sensación de fastidio por aquel encuentro matinal iba aumentando a medida que comprobaba que su interlocutor no tenía ninguna intención de detener su discurso.

-¿Sabe usted? -prosiguió el hombre, disminuyendo el volumen de su voz hasta convertirlo en apenas un susurro-. Los espectadores, miles de personas, estaban ahí empapándose bajo la lluvia, haciendo lo que podían por cubrirse con sus sombreros y sus paraguas. Esa escena, no sé por qué, no se me ha ido de la cabeza. Filas y filas de curiosos alrededor de un campo de barro, todos con sus gabardinas negras, mientras los jugadores resbalaban e intentaban conseguir que el balón diera dos o tres botes sin quedarse pegado al barro.

Tras decir esto, el anciano reposó ambas manos sobre su bastón y comenzó a agitar los dedos como si estuviese llevando alguna cuenta mentalmente, al tiempo que movía la boca sin emitir ningún sonido. Por su extraña expresión, parecía estar reprochándose algo a sí mismo que nadie aparte de él hubiera podido intuir. A los pocos segundos, tomó aire enérgicamente con la intención de continuar su charla, pero antes de poder comenzar a hablar, se vio interrumpido.

-¿Pero quién ganó la final? -Atajó Kupradze, buscando llegar cuanto antes al fin de la conversación.

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Greenwich Village

Octubre 15, 2006 · Dejar un comentario

La luz llega en el momento en que tú sales. Te cae en la cara. Subes las escaleras para salir del metro y apareces en la esquina de la Quinta Avenida con Cornelia St. Empieza el día. Llevas todo lo necesario contigo. Tu portátil, tu almuerzo, tus papeles, tu teléfono móvil. Entornas los ojos ante la mañana de otoño que se abate sobre ti. Sucio sol, ahí estás. Allí está. Porque, si queremos hablar con propiedad, tú eres en realidad él. Su nombre es Filipp Kupradze. Es ese tío con pinta de eslavo, el de la mirada fría y rostro ceñudo. El típico ruso cabreado, con ganas de mandarlo todo a la mierda en cuanto le llevas la contraria. Pero no es ruso. Ya no. Es georgiano. Aunque en Nueva York, todo eso tiene poca importancia. En realidad, ni siquiera para él tiene ya importancia. Su infancia en Tiflis es sólo un recuerdo anecdótico, que no consigue evocar en él el más mínimo arranque de nostalgia. Nada. Aparte de eso, esta misma noche, Kupradze va a morir. Pero él no lo sabe. La luz ya no molesta, así que puede girarse y caminar. Aún es pronto para ir su oficina del Instituto Courant. En las canchas de la West 4th Street, esos hombres negros enormes juegan al baloncesto. Se acerca hasta la verja y los mira a través de la malla metálica. Juegan duro. Él observa los cuerpos saltando, corriendo de un lado a otro del campo mientras se pasan el balón. Lanzan a canasta y en la mayor parte de las ocasiones consiguen encestar. Nunca ha entendido nada sobre baloncesto, pero piensa que son buenos. Se gritan los unos a los otros, parecen pasarlo bien. Kupradze ve los árboles y sus hojas amarillas. La mayoría se encuentran desperdigadas por el suelo. Los días son más frescos, ya no se puede pasear tranquilamente con una camisa hawaiana por la ciudad. No obstante, siempre será mejor que Moscú.

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